Disfrutar

El consejo más fácil (al principio)

Esta semana mi tip es aparentemente simple… al comienzo.

Quizás sea mi burbuja, pero en este mundillo de la tecnología siempre me toca compartir con personas que les encanta lo que hacen. Es algo muy entretenido y contagioso. Es de las cosas que extraño de ir a la oficina, ahora que la pandemia nos tiene a todos trabajando distribuidos.

Y aún así es una energía tan power que igual se siente a través de Slack y Zoom.

Al comienzo es medio natural. Si eres una persona afortunada y te gusta lo que estudiaste (o si lo estudiaste por tu cuenta es casi seguro que te gusta) entonces sales al mundo profesional con ganas de aprender y explorar. Más encima aprender y explorar suele ser divertido así que uno es doblemente entusiasta.

Pero aparecen señales de que no será necesariamente siempre así. Yo llevaba unos meses trabajando cuando una persona que ya llevaba un par de décadas de experiencia me preguntó: “¿Te imaginas programando en 10 o 20 años más? ¿Crees que lo seguirás disfrutando igual?”

“Sí”, fue mi respuesta.

Sin asomo de duda.

En parte porque me encanta mucho programar y en parte porque cuando tienes veintitantos al menos a mí me costaba imaginarme mucho por qué me dejaría de gustar. La combinación de seguridad e ingenuidad que uno tiene en esa época es divertida (y potente).

Hoy me sigue gustando programar — hasta lo reconozco como una especie de adicción, necesito cada cierto tiempo programar algo. Pero puedo ver las cosas con la perspectiva de aquél compañero de trabajo que me hizo la pregunta.

Tu trabajo se puede volver monótono. O te puedes sentir presionado o hasta obligado a trabajar mucho más del tiempo que se supone que dura tu jornada laboral. O te aburres de cosas que se repiten una y otra vez y que sientes que no te dejan hacer lo que realmente te gusta hacer y que se supone que te pagan por hacer.

Deben haber mil formas de perder esa chispa que te da la pasión o el gusto por lo que haces.

Cuando me ha pasado, me cuestiono. “¿Quiero hacer esto si ya no me divierte tanto?”

“¡Pero es mi trabajo! Además no me pagan mal. Seguro es parte de la maduración y de volverse adulto/viejo” dice otra voz en mi cabeza.

Es peligrosa esa voz. Suena madura, razonable. Y probablemente es el comienzo del fin para esa energía contagiosa que irradiamos cuando nos gusta lo que hacemos.

Por cierto, ¿qué significa que nos gusta lo que hacemos? Para mí, hay al menos 3 formas distintas de disfrutar lo que hacemos

  • Cuando disfrutamos el hacer. Lo que me pasa a mí cuando programo. Es entretenido en sí mismo. Disfruto esa mezcla de desafío y aprendizaje (tipo reto matemático o lógico, de análisis) combinado con el gusto por crear cosas (un reto más artesanal, quizás no hiper artístico pero igual pariente de las disciplinas más creativas).

  • Cuando disfrutamos el conseguir. Cuando veo a mi hijo aprender a usar el tenedor me siento bien. Igual el ejemplo es medio malo, porque seguro está mezclado con el orgullo de padre. Mi punto: quizás no disfruté estar sentado con él por laaaaargos minutos buscándole la vuelta para que (a) se coma la comida y (b) en una de esas se interese por usar él mismo el tenedor. Pero cuando consigo que eso pase, lo disfruto. Apagar “incendios” en la pega es estresante y te rompe lo que sea que tenías pensado hacer en la semana, pero por otro lado es rica la sensación que da cuando el fuego ya está controlado o extinguido. Ah, y muy importante: Es genial conseguir cosas en equipo. Se siente diferente, hay un extra. Miren cómo celebra un equipo que gana un mundial versus una persona que gana un título individual. O cuando nosotros salimos a celebrar para compartir ese disfrute con otros.

  • Cuando disfrutamos (de antemano) el destino. Llámale misión, propósito, objetivos. Es como una versión adelantada del punto anterior. Sabemos que gracias a lo que estamos haciendo algo después ocurrirá y eso nos mueve. También se potencia harto de cuando nos rodeamos de otros que creen lo mismo.


Hace un par de años un consultor/facilitador nos ayudó en un proceso donde todos en Continuum nos dedicamos una semana entera a discutir los valores y propósito comunes.

Hay cosas de ese ejercicio que sobreviven y otras que han cambiado o no nos funcionaron muy bien. Pero me quedó grabada una conversación donde el consultor hizo un súper buen argumento de por qué la “Pasión” quizás era una mala elección para uno de nuestros valores.

El punto era que la pasión es media ciega, e interna. A diferencia del propósito, se trata de lo que te gusta. Incluso si no eres bueno en eso.

Nos contó la historia de un excelente ejecutivo que siempre quiso ser piloto de carreras. Esa era la pasión, su sueño. Que hasta el día de hoy hay cuadros en su oficina de esa época. Pero que descubrió que no era lo suficientemente bueno para llegar a la Fórmula 1 así que tuvo que repensar mejor las cosas y buscar más un propósito en la vida donde generosamente dar también a otros más que satisfacer esos sueños personales. Y que hoy gracias a ese cambio de foco esa persona es un ejecutivo que tiene un impacto en el mundo mucho más grande que si fuera un piloto frustrado compitiendo en categorías mediocres.


De pequeño me gusta ver carreras de Fórmula 1. Es una diversión que compartimos con mi hermano. Es gracioso porque no venimos de una familia “tuerca” ni mucho menos. Yo recién a los treintaytantos me subí por primera vez a un go-kart (¡me encantó!). Nos gustaba ver las carreras, sin tener demasiada idea de nada.

Era la segunda mitad de los 90 y nos hicimos fans de Ferrari. Fue divertido, y además Schumacher — después de unos años — lo ganó todo. Hace rato que Ferrari no gana muchas cosas y hace unos meses atrás un piloto de otro equipo igualó el increíble record de Schumacher. Siete títulos mundiales. Tras igualar ese record, emocionado, ese piloto dijo:

“That’s for all the kids out there who dream the impossible.”

— Lewis Hamilton.

No soy fan de Hamilton (no pilota un Ferrari). Pero el tipo dijo esa frase por una razón. Es casi el único piloto de “color” en un deporte con muy poca diversidad y que requiere contar con harta plata para llegar a tener siquiera una chance. El papá de Hamilton tuvo que conseguirse cuatro trabajos simultáneos. Para Lewis y su familia, llegar a la Fórmula 1 era un sueño imposible. Ganar el campeonato seguro era un sueño imposible. Ganar 7 campeonatos mundiales seguro era un sueño imposible.

Sin pasión, ¿cómo sueña uno lo imposible?


Yo llegué a la conclusión que no se trataba de pasión vs propósito. Los propósitos que tenemos son una de las formas potentes para cargar energías y pasión. Hacer lo que nos gusta porque nos gusta, también. Estar orgullosos de lo que conseguimos, también.

El ejecutivo que quiso ser piloto pero cambió de carrera disfruta esa nueva carrera. El piloto de Fórmula 1 que de niño soñó lo imposible y ahora lo consiguió también disfruta su carrera.

Creo que muchos de los que estamos en este mundo de la tecnología tenemos el privilegio de poder regodearnos un poco sobre el rol en que nos contratan, el tipo de empresa donde trabajamos, el equipo al que pertenecemos, las cosas que aprenderemos, las satisfacciones que obtendremos (si nos va bien) y los propósitos que buscaremos.

Si es así, entonces está en tus manos disfrutar esta carrera.

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